Hay películas que se ven, y hay películas que se contemplan. Perfect Days (2023), dirigida por Wim Wenders, pertenece a esa segunda categoría. No es una película que se precipite hacia un clímax narrativo ni que busque impresionar con grandes giros dramáticos. Es, más bien, una película que nos enseña a mirar. Y para cualquiera que se dedique a la fotografía —ya sea como estudiante o como autor— esa mirada es una lección extraordinaria.

Wim Wenders no es solamente uno de los grandes directores del cine europeo; también es fotógrafo. Su obra fotográfica, especialmente sus paisajes urbanos, siempre ha tenido un tono contemplativo, casi meditativo. En Perfect Days ese espíritu se vuelve evidente desde los primeros minutos: cada plano está construido como si pudiera existir por sí mismo, como si fuera una fotografía.

 La historia es sencilla. Hirayama, interpretado por Koji Yakusho, vive en Tokio y trabaja limpiando baños públicos. Sus días siguen un ritmo casi ritual: despierta temprano, riega sus plantas, conduce su pequeña camioneta escuchando música en cassette, limpia con una dedicación casi ceremonial los baños de la ciudad, toma fotografías de árboles con su cámara analógica y por la noche lee libros antes de dormir.

Nada extraordinario ocurre en términos dramáticos. Pero todo ocurre en términos visuales.

Ahí es donde la película comienza a interesar profundamente a un fotógrafo.

Lo primero que llama la atención es la construcción del encuadre. Wenders y el director de fotografía Franz Lustig filman Tokio con una precisión que recuerda a la fotografía fija. Los planos rara vez están sobrecargados. Los elementos del encuadre respiran. Hay espacio negativo. Las líneas arquitectónicas organizan la imagen. Las figuras humanas aparecen muchas veces pequeñas frente al entorno urbano.

 Este tipo de composición tiene una larga genealogía visual. Es difícil no pensar en la fotografía humanista europea, en autores como Henri Cartier-Bresson o Robert Doisneau, donde la escena cotidiana se transforma en una pequeña coreografía visual. También resuena la tradición japonesa de observar lo cotidiano con una calma casi espiritual, algo que el cine de Yasujiro Ozu convirtió en una estética propia.

Wenders ha reconocido explícitamente esa influencia. El cine de Ozu, con sus encuadres frontales, su ritmo pausado y su interés por la vida doméstica, está presente en Perfect Days como una especie de fantasma amable.

Sin embargo, la película también dialoga con la fotografía contemporánea. Tokio aparece a veces con la crudeza visual que uno podría encontrar en Daido Moriyama: una ciudad llena de contrastes, sombras duras y rincones inesperados. En otros momentos, la calma del encuadre recuerda a los paisajes urbanos silenciosos de Michael Kenna.

Pero hay un elemento visual que atraviesa toda la película y que resulta particularmente interesante para los fotógrafos: la luz filtrada por los árboles.

En Japón existe una palabra específica para describir ese fenómeno: komorebi. Es la luz del sol que atraviesa las hojas y produce un patrón cambiante de sombras. Hirayama, el protagonista, parece obsesionado con esa luz. Durante sus descansos saca una pequeña cámara analógica Olympus y fotografía las copas de los árboles.

Son momentos aparentemente simples, pero en realidad contienen una declaración estética muy clara. El personaje no busca grandes escenas ni eventos extraordinarios. Busca luz.

Para quienes enseñamos fotografía, esa es una lección esencial. El fotógrafo no necesariamente encuentra sus imágenes en lo espectacular; muchas veces las encuentra en la repetición paciente de lo cotidiano.

Otro recurso visual notable de la película es la forma en que se filma la rutina. Hirayama realiza casi las mismas acciones todos los días. Sin embargo, Wenders evita repetir exactamente el mismo encuadre. Cuando vemos al personaje realizar la misma tarea en días distintos, la cámara cambia ligeramente de posición, de distancia o de ángulo.

Es un gesto cinematográfico muy inteligente. Si la rutina se filmara siempre desde el mismo punto de vista, el espectador percibiría repetición. Al cambiar el encuadre, la rutina se convierte en variación.

En fotografía ocurre algo similar. Cuando un alumno decide trabajar un proyecto sobre un mismo tema —una calle, una habitación, una persona— el verdadero trabajo consiste en encontrar variaciones visuales dentro de esa aparente repetición.

 La película también introduce una segunda textura visual: los sueños del protagonista. Estas secuencias aparecen en blanco y negro y tienen una cualidad más abstracta, casi experimental. Funcionan como pequeñas interrupciones poéticas dentro del flujo cotidiano.

Ese contraste entre color y blanco y negro no es casual. El blanco y negro, históricamente, ha estado asociado con la memoria, el recuerdo o la interioridad. En fotografía ocurre exactamente lo mismo: cambiar de color a monocromo no es sólo una decisión estética, es también una decisión narrativa.

Otro aspecto fascinante de Perfect Days es su relación con lo analógico. Hirayama vive de una manera que parece fuera del tiempo contemporáneo. Escucha música en casetes, lee libros usados y toma fotografías con una cámara de película de 35 mm. No hay smartphones, redes sociales ni pantallas luminosas dominando su mundo.

Ese detalle podría parecer nostálgico, pero en realidad funciona como una reflexión sobre la atención.

La fotografía analógica obliga a mirar con más cuidado. No hay disparo infinito. Cada imagen cuesta. Cada encuadre requiere una decisión.

La vida del protagonista parece seguir esa misma lógica. Sus días son lentos, deliberados y conscientes. En cierto sentido, vive como si cada momento fuera una fotografía.

Y tal vez esa sea la razón por la que la película conecta tan profundamente con quienes practican la fotografía.

Un fotógrafo sabe que la belleza rara vez aparece en los momentos espectaculares. Aparece cuando uno aprende a mirar lo que siempre estuvo ahí.

Un rayo de luz atravesando hojas.

La geometría silenciosa de una calle.

El gesto repetido de un trabajador.

La quietud de una habitación al amanecer.

En ese sentido, Perfect Days no es sólo una película sobre la rutina de un hombre en Tokio. Es una película sobre la atención. Sobre la paciencia visual. Sobre la idea de que la vida cotidiana puede contener una extraordinaria riqueza estética si se observa con la sensibilidad adecuada.

Para los estudiantes de fotografía, ver esta película puede ser tan formativo como estudiar un libro de composición. Enseña algo que a veces olvidamos en medio de cámaras nuevas, sensores más grandes y software más complejo: antes de hacer fotografías hay que aprender a mirar.

Perfect Days nos recuerda algo que los grandes fotógrafos han sabido siempre: el mundo está lleno de imágenes extraordinarias, pero casi nunca están donde todos miran.

Están en la paciencia.

En la repetición.

En la luz que atraviesa las hojas de un árbol.

Y en la capacidad de detenerse un instante más para observarla.