Los nuevos señores del feudo digital: el capitalismo murió y nadie avisó
Hay una idea incómoda circulando entre economistas desde 2023, y vale la pena que como fotógrafos la conozcamos antes de que solo la conozcan quienes se benefician de ella.
El economista griego Yanis Varoufakis —sí, el mismo que fue ministro de finanzas en plena crisis griega— publicó un libro con un título que suena a exageración: Tecnofeudalismo: el sigiloso sucesor del capitalismo. Su tesis, resumida sin piedad: el capitalismo tal como lo estudiamos en la escuela ya no es el sistema que nos gobierna. Sus dos pilares —el mercado y el beneficio— fueron reemplazados por otra lógica: plataformas digitales que operan como feudos y un modelo basado en extraer rentas del acceso y la dependencia, más que en generar ganancias mediante la competencia.
En este esquema aparece una nueva clase dominante: los «nubelistas» (cloudalists), dueños del capital en la nube —Amazon, Meta, Google, y ahora los laboratorios de IA generativa—. Debajo de ellos, una capa de «capitalistas vasallos»: negocios que dependen de pagarle tributo a la plataforma para poder vender algo. Y en la base, el resto: generando datos, atención y contenido, muchas veces sin cobrar por ello.
¿Por qué le debería importar esto a alguien que practica fotografía? Porque si esta tesis tiene razón aunque sea a medias, entonces no estamos viviendo una simple «disrupción tecnológica más» en nuestro oficio. Estamos viviendo un cambio en la estructura misma de quién capta el valor de una fotografía — y esa es una pregunta que todo fotógrafo profesional debería poder responder sobre su propio trabajo.
Lo que el tecnofeudalismo le hace mal a la fotografía
La renta algorítmica. Ya no eres dueño de tu distribución. Instagram en 2026 penaliza activamente a las cuentas que republican o «agregan» contenido y premia el contenido nativo, con una lógica de negocio explícita: mantener al creador dentro de su ecosistema en lugar de dejarlo llevarse su audiencia a otro lado. Tu alcance puede subir o bajar 90% de un mes a otro sin que hayas cambiado nada en tu trabajo. Eso no es mala suerte, es diseño.
La renta de los datos. El caso más claro es el de Getty Images. Durante años demandó a Stability AI por entrenar su generador de imágenes con millones de fotografías de su archivo, sin permiso ni compensación. En noviembre de 2025 un tribunal británico le dio la razón solo parcialmente —el entrenamiento en sí no se consideró una copia ilegal—. El giro que vino después es revelador: en vez de seguir litigando, Getty firmó un acuerdo con OpenAI para que sus imágenes aparezcan dentro de ChatGPT. La palabra que usaron fue «exhibición»; la palabra que evitaron fue «entrenamiento».
Para los cerca de 600 mil fotógrafos cuyo archivo es el inventario real de ese acuerdo, esa ambigüedad decide si su trabajo sigue siendo un activo que ellos licencian, o si ya pasó a ser materia prima gratuita de otro modelo.
La devaluación por saturación. Cuando una IA generativa puede producir en segundos una imagen técnicamente impecable de casi cualquier cosa, el mercado de fotografía de stock —que durante veinte años fue un ingreso real para miles de fotógrafos— se vuelve estructuralmente menos rentable. No porque la fotografía haya perdido valor como oficio, sino porque la parte más replicable de ese oficio ahora compite contra un costo marginal cercano a cero.
Lo que el tecnofeudalismo le hace bien a la fotografía
Baja el costo de lo mecánico. Reducción de ruido, selección de sujeto, retoque de piel, corrección de color: la IA ya hace bien casi todo lo que antes consumía horas de posproducción. Los reportes de industria muestran una adopción creciente de estas herramientas entre fotógrafos profesionales, sobre todo en tareas técnicas y no en las creativas. Eso es tiempo real devuelto a la conceptualización.
Vuelve escasa —y por tanto valiosa— la voz propia. Si una máquina puede producir volumen infinito de imágenes técnicamente correctas, lo único que no puede replicar por definición es un punto de vista construido con años de decisiones vividas. Esa es, en el fondo, la mejor respuesta estructural al tecnofeudalismo: no compites en volumen contra el capital de la nube, compites en algo que el modelo solo puede promediar, nunca originar.
Empieza a existir, aunque cojeando, un marco de compensación. Los litigios y acuerdos de licenciamiento entre agencias de imágenes y laboratorios de IA —torpes, desiguales, todavía sin resolver del todo— son el primer intento real de construir algo parecido a una renta pagada al autor original. Hace tres años esa conversación ni siquiera existía.
La pregunta que en realidad importa
Si querés convertir esto en un ejercicio propio en vez de solo un diagnóstico ajeno, la pregunta que vale la pena hacerte sobre tu propia práctica es esta: ¿qué porcentaje del valor que genera una fotografía tuya —desde que la tomas hasta el último uso que alguien le da— termina realmente en tus manos?
Esa proporción lleva más de una década cayendo de forma consistente en casi toda la industria. Entender exactamente en qué parte de esa cadena estás parado —y qué margen te queda para defender— es hoy tan parte del oficio como saber exponer correctamente.