Hay días en los que salir a fotografiar se siente extraño. Caminas, miras, levantas la cámara… y nada termina de suceder. Todo parece demasiado limpio, demasiado correcto, como si las imágenes ya estuvieran resueltas antes de existir. Tomas algunas fotos, las revisas rápido, y hay algo que no está ahí.
No es que estén mal.
Pero tampoco dicen mucho.
Hace tiempo empecé a notar que eso pasaba más cuando intentaba hacer “buenas fotos”. Cuando buscaba composición, equilibrio, limpieza. Cuando todo tenía que estar en su lugar. La imagen funcionaba, sí, pero se sentía cerrada, como si no dejara entrar nada más.
Y luego están otros días.
Días en los que no estás buscando tanto. Caminas distinto. Más lento. Sin esa urgencia de encontrar algo que valga la pena. Y de pronto te detienes frente a una pared. Nada especial: pintura levantada, manchas de humedad, una grieta que cruza en diagonal. La miras más tiempo del necesario. No sabes bien por qué.
Pero hay algo ahí.
No es la forma. No es el color. Es otra cosa más difícil de nombrar. Algo que tiene que ver con el tiempo. Con lo que ya pasó por esa superficie. Con lo que sigue pasando aunque nadie lo esté viendo.
Tomas la foto casi sin pensarlo.
Y cuando la ves después, no es espectacular. No es “la foto del día”. Pero tiene algo que las otras no tenían: una especie de respiración. Como si no estuviera completamente resuelta. Como si aún estuviera ocurriendo.
Ahí es donde empecé a entender, sin buscarlo, algo del wabi-sabi.
No como una definición clara, sino como una forma de experiencia. El wabi-sabi viene de dos ideas japonesas: wabi, que tiene que ver con la sencillez, lo austero, incluso cierta soledad; y sabi, que habla del paso del tiempo, del desgaste, de lo que envejece. Juntas no forman una estética cerrada, sino una sensibilidad: la capacidad de encontrar belleza en lo imperfecto, lo incompleto y lo transitorio.
Pero eso no se entiende leyendo. Se reconoce cuando pasa.
Porque el wabi-sabi no aparece cuando lo buscas. Aparece cuando dejas de corregir lo que tienes enfrente. Cuando dejas de limpiar la imagen antes de verla. Cuando aceptas que las cosas no están terminadas, y que justamente por eso tienen algo que decir.
No es una estética de lo “bonito imperfecto”. Es algo más incómodo que eso. Tiene que ver con permitir que la imagen conserve sus fallas, sus tensiones, sus zonas raras. No suavizarlas, no justificarlas, no esconderlas.
Dejarlas estar.
En fotografía eso implica soltar varias cosas. La obsesión por la nitidez absoluta, por ejemplo. O esa necesidad de que todo encaje dentro del encuadre. A veces el desenfoque no es un error, sino una forma de decir que algo se escapa. A veces el grano no ensucia la imagen, la vuelve más cercana. Más tocable.
Más real.
También cambia lo que decides fotografiar. Lo evidente empieza a perder fuerza. Lo espectacular se vuelve predecible. Y en cambio empiezan a aparecer otras cosas: marcas, restos, superficies, objetos que ya no están en su mejor momento. Lugares donde el tiempo se nota.
Ahí el sabi se vuelve visible.
Y en la forma en la que te acercas —sin intervenir demasiado, sin imponer— aparece el wabi.
Hay algo importante ahí: el wabi-sabi no embellece. No transforma lo feo en bonito. Más bien suspende ese juicio. Te permite mirar sin decidir tan rápido qué vale y qué no. Y en ese espacio, lo que normalmente ignorarías empieza a adquirir peso.
No es que cambie el mundo.
Cambia la forma en la que te detienes frente a él.
Con el tiempo, eso también modifica la práctica. Fotografiar deja de ser una búsqueda constante de resultados y se vuelve más una forma de atención. Estar ahí el tiempo suficiente para que algo aparezca. No forzarlo.
Esperar.
Quizá por eso es difícil hablar del wabi-sabi sin caer en definiciones vagas. Porque no se trata de aplicar algo, sino de quitar. Quitar intención, quitar control, quitar expectativas. Y ver qué queda.
Fotos: @mauzav